Tihuatlán: Dos tradiciones, un sabor sin parangón
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Tihuatlán: Dos tradiciones, un sabor sin parangón

Donde el comer se vuelve un arte y un acto de contemplación.

   Tihuatlán se extiende al viajero como una exquisita región donde el encanto se da con la misma facilidad que el maíz en su tierra. Sus bellas callejuelas, adornadas soberbiamente con una serie de murales tallados en piedra, solamente se iguala en persistencia con el aroma de la frescura de sus ingredientes, con el murmullo de sus ollas hirivientes y de la inigualable creación que en sus platos florece, lo mismo que capullos en flor en época primaveral, regalando al comensal mucho más que un plato a degustar, sino una tradición entera comestible y un pretexto para al estómago conquistar.

 

 

   Enclavado en medio de dos regiones culturales y por tanto gastronómicas, la cocina de Tihuatlán es un formidable ejemplo no sólo de la purista cocina huasteca sino de la compleja comida fusión mestiza, las cuales en muchas ocasiones se encuentran en una misma mesa, a veces coqueteando la una con la otra y otras tantas, estoicas, como soldados en pie de guerra. Pero sea como fuere, en Tihuatlán la fiesta comienza siempre en la mesa y como muestra basta conocer los antojitos de la región conformados por frutos del mar de la región tihuateca, como el delicioso huatape de camarón, las gorditas, las pellizcadas y una extensa variedad en tacos, tan diversos como sus cultivos y su folklore.

   Pero si de antojitos hablamos, los molotes, en Tihuatlán son el referente inmediato y orgullo local. Esta delicia tihuateca que en apariencia, a veces se asemeja más a un tamal y otras, a una quesadilla, se prepara con una mezcla de masa de maíz, que se enriquece ya sea con manteca o en la mejor situación con papa hervida, logrando de esta manera una tersura y consistencia en la masa que más que describirse, exige probarse. En su interior se podrá encontrar todo un desfile de creatividad de las cocineras tihuatecas, pero resultan tradicionales los de queso, papa, frijoles y por supuesto los típicos de Tihuatlán, rellenos de picadillo. Luego se fríen y se sirven acompañados de una salsa de chiles serranos, cilantro, tomate y ajo. Adjunta una bien nutrida guarnición de papas fritas cortadas en cubitos con su respectivo gratín de queso. 

   Otro de los manjares, de esta región son sus célebres enchiladas, las cuales simplemente reciben el nombre de enchiladas de Tihuatlán y son un vivo recordatorio de las tradiciones prehispánicas que aún permanecen arraigadas en la región. Su proceso de preparación es fidedigno al procedimiento ancestral y no sólo conquistará el paladar del comensal, sino también su vista, pues observar su elaboración, es un deleite igual de sustancioso que su degustación. 

   Con una fina dedicación, las manos tihuatecas amasan el maíz de nixtamal con sal y agua hasta formar una masa tal, que permita la creación de tortillas muy delgadas que por su nulo espesor apenas habrán de tocar el comal, antes de ser bañadas por una diversidad de salsas de acuerdo a la exigencia de cada paladar, siendo las más comunes la de ajonjolí con chile seco, la de chile morita y por supuesto, la deliciosa salsa de pipían, con las notas de la semilla de calabaza y el rico picor del chile jalapeño. 

   Pero la exquisitez no termina cuando la salsa baña las delicadas enchiladas de Tihuatlán, sino que para tan deliciosa vianda acompañar, el comensal podrá deleitarse con una deliciosa cecina a la plancha previamente sazonada con las características notas perfumadas de la naranja agria, o bien si desea un complemento que al comer sea un reto, está la carne de cerdo enchilada o ¿Porqué no? con una pechuga de pollo asada a la plancha. Pero sea cual sea la elección, el platillo no podría estar completo sin una dosis de frijoles refritos que le den un equilibrio a esta culinaria ecuación, que no sólo satisfaga el hambre, sino que toque el corazón de quién en la mesa tihuateca departa con alegría y emoción.

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