¡Conoce la diversidad de la cocina de San Andrés Tuxtla!
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¡Conoce la diversidad de la cocina de San Andrés Tuxtla!

Un edén gastronómico con aroma a tabaco. 

   San Andrés Tuxtla es un verdadero paraíso terrenal. En sus tierras conviven todo tipo de paisajes, desde aquellos de ronca sinfonía con sus sistemas volcánicos, hasta aquellos que con el gorjeo del mar regalan al turista sorprendentes vistas donde el azul en todas sus gradaciones coquetea con el acuático turquesa que se vuelve de un intenso celeste en la cúpula celestial sanandezcana. Pero lo mismo, así en la tierra como en la mesa, la gastronomía de San Andrés Tuxtla es tan rica, poliforme y diversa, como el mismo origen de sus ingredientes, que provienen de las montañas, al igual que de las costas, de la profundidad de sus lagunas y de la fertilidad de su flora.

 

 

   Esta riqueza natural, se vuelve un pretexto para crear magia; De esta manera, la flora endémica de San Andrés Tuxtla, da lugar a exquisiteces, en donde las palabras, poco pueden hacer. Para abrir el apetito, por ejemplo, están los afamados borregos, un entremés que se hace a partir de los tallos del cardón, los cuales son hervidos junto con carne de res o pollo y finalmente son capeados en huevo, para crear un aperitivo con auténtico sabor sanandezcano.

   Pero si de antojitos se trata, San Andrés Tuxtla, se engalana con un surtido copioso de expresiones que dividirán el corazón de su afortunado comensal, que regalará elogios en igual medida a sus tamales o en contraparte, a sus exquisitos churros. Por un lado la cazuela de tamales se enriquece con los célebres chanchamitos, donde el totomoxtle y la hoja de plátano se unen en concordancia para atesorar una masa donde el achiote sirve como heraldo de un relleno de carne de puerco que hacen de este tamal una comida obligada lo mismo para el turista que para el local, pero también están los tamales de elote. Por su parte, no hay mejor botana que los churros de San Andrés ya sea en la típica versión azucarada o bien, como se comen en la localidad: bañados en salda picante de chile de árbol y jugo de limón.

   Mas, el soberano absoluto del banquete sanandresino es el Tatabiguiyayo, un manjar de estela prehispánica, otrora guiso ceremonial, cuyo sabor lo mismo reconforta las penas, que incentiva las alegrías. Su preparación requiere carne de res y orejones hervidos a los cuales se ha de agregar una salsa molida en metate donde el tomate milpero, la cebolla y el ajo, se encuentran con las notas del comino, la pimienta, el cilantro, el orégano y el cebollino verde y el achiote, dando lugar a un caldo que en olor y sabor no tiene parangón. De la nobleza gastronómica es también integrante la carne de chango de San Andrés donde el cerdo ahumando se guisa con hoja de guayabo y piloncillo dando como producto un platillo con un dulzón sabor a gloria.

   ¡Y no olvidemos al Yambogapan! Una delicia culinaria sanandezcana donde la carne de pollo es bañada en una deliciosa salsa de chagalapoli, una suerte de mora silvestre de la región de un intenso sabor perfumado, solamente igualado en la profundidad de su color violáceo. Pero el chagalapoli no sólo es apreciado en la salsa, famosa es también el agua fresca hecha con su dulzor y qué decir del vino de Chagalapoli, un verdadero regocijo que lo mismo aperitivo que digestivo acaricia el estómago del comensal.

   Finalmente, no podríamos despedirnos de la hermosura de San Andrés Tuxtla sino es como se debe, con una dotación de postres como el plátano frito al mogo mogo, o los nanche curtidos y cristalizados. Sin olvidar el enervante dulce de coco donde el azúcar y la canela logran una deliciosa fusión o de igual forma, las obleas doradas: una tostada dorada con un ligero sabor a coco, que más que dulce es una verdadera bendición. Y no menos importante, los tamales morados, envueltos en hoja de berijao y con una masa donde el maíz morado coquetea con la leche, el coco, el piloncillo y el anís. 

   Así, si de placer se trata, el comensal puede sentarse para la comida reposar y entregarse al deleite de un puro de Santa Clara mientras su alma se regocija en el verdor de los parajes circundantes y el perfume de los frutos de la tierra se eleva a la eternidad de manera poética, en forma de volutas etéreas que a manera de lazo, unen al simple mortal con la majestuosidad del infinito.

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