Navegando por el sabor de la cocina de Catemaco
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Navegando por el sabor de la cocina de Catemaco

Un paraje de lacustre estampa salpimentado con las especias del alma. 

   Catemaco no necesita presentación. Autónomo, es un poblado rico en color, en historias, leyendas y tradición. Esta región es el albergue predilecto de los vestigios de un pasado esplendoroso y místico, donde los ritos olmecas se intuyen en el devenir cotidiano y la nostalgia, como un manto, reviste a los lugareños de un palpable encanto. Catemaco, se distingue además, por ser el lugar donde confluye alma y cuerpo; donde el espíritu se nubla en medio de cantos y rezos y el cuerpo en un sopor de calidez se entrega al deleite del momento, no sólo acariciado por el rumor de su temazcal de antaño, sino, en el ambigú que en el plato catemaqueño se anuncia como prólogo del mismo cielo.

 

  

  Las calles de Catemaco no son sólo escenario de la confección de calzado, también se ofrecen como escaparates, donde los sabores, lo mismo que en su fauna salvaje, se hacen partícipes de repente, a manera de un agradable sobresalto; que deja al hambriento viajero literalmente con la boca hecha agua, tal como sucede en sus paisajes, donde este recurso abundante nunca falta y que sirve como fuente principal de suculentos ingredientes, en donde la variedad de su ecosistema palustre y la mano catemaqueña, han creado suculentas viandas que lo mismo calman el hambre, que regocijan el alma.

   Para abrir el apetito, Catemaco se pinta solo y como buen aperitivo que anuncia un festín de lujo, en su mesa, las pellizcadas con momocho, se antojan un rito sagrado; esta suerte de quesadillas fritas, albergan en su interior, un delicioso relleno de chicharrón con frijoles y queso. Por otro lado, las Empanadas fritas de jaiba son también un paliativo para el paladar del comensal, pero si de agasajos se trata, qué mejor que la Hueva de Naca o la Hueva frita de Juile, un selecto bocadillo que se ha ganado el honor de ser conocido como el ‘Caviar de Catemaco.’

   Además, en la cocina catemaqueña ocupa un lugar central el Coctél de Tegololos una preparación de propiedades afrodisíacas que incorpora a su caldo a base de salsa de tomate, cilantro, cebolla y chile, los así llamados caracoles de agua dulce, una delicia exótica que no tiene parangón y que resulta sólo el comienzo de un desfile de sabor directo de las aguas de la laguna local, de donde se obtienen de igual forma los Topotes, un especie de charal endémico que se guisa en un caldo de epazote, cilantro y ajo. Y sobre este cariz, resultan igualmente apetitosas las mojarras en todas su versiones, ya sean fritas, a las brasas, o bien empapeladas o preparadas en Tapite, es decir envueltas en hojas de plátano y con una salsa de tomate y chile; o bien la endémica mojarra blanca llamada también Tenhuayaca, preparada en Tachogobi una salsa de tomate verde, chile chilpaya y ajo, hecha a las brasas y sazonada con manteca.

   Pero ahí no termina el festín, Catemaco es afamado también por sus deliciosos tacos de Minilla de Anguila, un platillo que agrega como ingrediente principal al antojito por excelencia mexicano, la carne cocida y deshidratada de esta especie acuática catemaqueña o… ¿Qué decir de su exquisito platillo de Carne chinameca? Una preparación de carne de puerco ahumada que sazonada con una mezcla de chiles asados y molidos de chipotle, ancho y guajiro lo mismo que especias como el orégano y el clavo, crea un platillo de aromático aspecto del que se dice en sabor y en textura asemeja a la carne de chango, un otrora manjar catemaqueño.

   Y si el apetito del comensal así lo permite, Catemaco ofrece delicias azucaradas como conclusión ideal de un majestuoso ágape, con expresiones que habrán de dejar al comensal con un dulce sabor de boca, como las melcochas o los alfajores, dulces típicos mexicanos que en estas tierras, parecen acentuar su regusto delicioso, siendo el complemento ideal para el romántico sendero de este paraje natural, donde las casas abren sus pórticos ante el suspiro de los viajeros y donde las aguas caen de lo alto en forma de cascadas, dando vida con su excepcional fauna a las ollas catemaqueñas, las cuales como un santuario dan asilo a cualquiera que se deje persuadir por el encanto de su señuelo.

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