Xico, epicentro de la magia gastronómica de Veracruz
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Xico, epicentro de la magia gastronómica de Veracruz

Un encuentro de sabores con nostalgia prehispánica.

   Traer a la mente al encantador pueblo de Xico, es invocar al mismo tiempo, una impronta de exceso sensorial donde la abundancia es siempre la constante: los colores, los sabores, las formas y texturas, todo en Xico parece ser desmedido. En este encantador pueblo mágico nada es diminuto y todo es rebosante, magno y diverso, como el corazón de su gente, que alberga el candor del veracruzano y la sabiduría milenaria de los pueblos prehispánicos que aún permanece viva en las manos artesanas que con singular talento crean obras maestras dentro y fuera de sus ollas.

 

   No podría existir un mejor escenario para el goce del paladar, que la tierra con corazón de fuego, donde sus calles empedradas lo mismo albergan carpetas de radiantes pétalos florales,  que, excitados tropeles de toros en bravío desplazamiento o primorosas construcciones de atavío colonial; más, sin duda, los verdaderos habitantes de sus calles, son las fragancias de sus ingredientes, donde los granos del café “cereza” se tejen en un exquisito bordado con los hilos de la hierba de anís, el chocolate, el fragante quelite y el suave rumor de la llamada mora mexicana.

   Y haciendo alusión a la riqueza en su flora, en su mesa los platillos dejan abrir sus corolas en gestos de suave tesitura. Así, en su mesa los chiles rellenos no sólo de carne, sino de exquisito sazón xiqueño incorporan en su carnoso interior guisos a base de res, cerdo o pollo; las ollas rebosantes de un noble pasado, permiten la transición de un ennoblecido mulli a un igual aristócrata mole, de un sabor tan dulce como sus noches, donde departen con gesto bullanguero lo mismo el chile ancho, que el chile de árbol, las galletas, el chocolate, el elote, el plátano y el cacahuate.

   Mención honorífica merece su afamado Xonequi, un platillo donde el sabor se vuelve sinónimo de agasajo y donde las hojas acorazonadas de la planta del mismo nombre, coquetean con las notas de un generoso caldo de frijoles negros, donde bolitas de masa, también conocidas como jarochitos u ombliguitos se asoman de la caldosa preparación, ofreciendo al comensal una tentación de irresistible estampa, tal, que como carta de presentación define al xiqueño como un generoso anfitrión. El Tlatoni, resulta igual de predilecto, en forma de guiso, donde el pasado guiña al comensal con seducción, se ofrece en su apetitosa redondela una fiesta donde convive el frijol gordo, el quelite y el chile, en una deliciosa remembranza de nuestras raíces milenarias.

   Pero, si de antojos se habla, Xico se pinta solo, ofreciendo un desfile de típicos bocados mexicanos, donde el tamal adquiere una nueva tonalidad al volverse pinto, incorporando en el candor de su masa ejotes y frijoles por igual; o los tamales de alarchi que revestidos de frijol gordo y hongos exóticos, resultan un paliativo para propios y ajenos. Los Xocos por su parte, no tienen comparación, hechos con masa de maíz negro, manteca y requesón se presentan ante el comensal envueltos en forma triangular en hojas de árbol de xoco, de donde su nombre deriva. O… ¿Qué decir de los Tlayoyos? Un tesoro de maíz blanco, frijol negro y manteca, envueltos primorosamente en hoja de plátano, como si en su interior un regalo se advirtiera.

   Finalmente, si se trata de ayudar a la digestión, el xiqueño se distingue, al consentir a su comensal con la elaboración de un delicioso licor artesanal, llamado verde no sólo por su color, sino por sus múltiples bondades, pues además de favorecer la deglución, es antioxidante y antibacterial y entre la mezcla ecléctica de sus ingredientes se cuenta el toronjil, el hinojo, el zacate limón y las hojas de naranjo. O bien, si se prefiere, el licor de mora es una bebida no sólo con tradición sino con un enervante sabor, que junto con sus toritos de naranja o maracuyá, deleitan a quien en su mesa, se regocija lo mismo que en una verbena.

 

   Y como una dulce conclusión al arte culinario del bello territorio xiquense, la boca se vuelve agua con la mera contemplación de sus tradicionales postres como el manjar de leche de cabra, la conserva de chilacayote o los dulces de calabaza, donde una mordida anuncia un éxtasis con regusto a leche, piña y coco que dan como resultado un adictivo sabor que se queda fijo en el paladar del viajero y que sin excepción se hace presente en el recuerdo de este hermoso pueblo mágico, obligado destino que guarda el folklore mexicano y el carisma del jarocho en un mismo entorno de fascinantes vistas y aún mejor sabor.

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